Un pintor no es un sujeto que conozca el oficio de pintar; es, ante todo, un sujeto singularmente sensible a los acontecimientos, a las cosas, al canto coral, que participa, mira, conversa y cree en la <<intercomunicación de la substancia>>.

Lo importante es el demonio poético, lo demás es oficio, mera pintura. lo principal es un estar en el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas; y sencillamente entre las cosas están los universos de los cuadros y del mundo entero.

La imagen ya es una costumbre, todos los pintores, aún aquellos que no nos gusten; todos influyen en uno. Sobre un artista influyen no sólo todas las obras que ha visto, sino también las que no ha visto. Es decir: el arte está influyendo sobre uno a cada instante. Incesantemente estamos aventurados a toda clase de influencias.

Un artista debe huir de sí mismo, negar ese yo solitario que condena a la quietud y a la reiteración esclava. Debe sorprender y sorprenderse de la belleza que espera en cada instante. Debe tener ojos de lince y las inauditas tangencias de la imaginación.

La vida del que pinta debe estar atravesada de pintura. (…) el credo del artista debe ser el de Borges cuando dice: <<Me imagino siempre en lo mismo, me imagino la felicidad en la amistad y en el amor y en el estudio y en el trabajo, no creo que hayan otras felicidades. Ahora, la felicidad en el ocio no la imagino.>>

 

Antonio Fernández Molina

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