La pintura es para él un divertido poliedro, un cubo de Rubik sin la única y aburrida solución exacta, infinitamente delicioso en sus sorpresivas combinatorias de tantas fórmulas. Se acabaron los sistemas totalitarios: es la epifanía del fragmento y la opción múltiple.

Comparte con Picabia la locura de levantarse cada día con una proposición estética distinta. Picasso sigue siendo su adorado-tormento, lo copia deliberadamente, lo plagia o lo cita con respeto, pero le importa un comino que las búsquedas no siempre encuentren. Ayer tuvo a Cezanne y el cubismo en el pulso, mañana va a entregarse al icono urbano o sencillamente va a remitir su obsesión por el tema de la muerte a la ambigua plasticidad de Andy Warhol; hoy está pintando un cuadro que tiene del surrealismo y el hiperrealismo como también de la pintura metafísica, De Chirico o de la estridencia formalista de las fieras. Todo lo va ha disponer con la diversidad de planos que le aportan los lenguajes audiovisuales, jugará al pastiche y al reciclaje, apelará al ajíaco posmoderno que tan bien le viene. El reino de la bad painting y la impronta del grafitti mezclado con el arte salvaje o el candor de la pintura infantil. Dice Nelson Villalobos que juega todos los días a ser pintor.

Ciertamente el color y el dibujo, protagonistas de sus códigos, asumen el expresionismo y la gestualidad como constantes, pero suelen distanciarse de cualquier ideal rector. Pueden alimentar lo feo como valor artístico, o sea, la valía de lo feo intencional y virtuoso, o pueden recrearse en el preciosismo de la buena pintura, probar incluso con la perspectiva clásica. Y pongamos el stop a tiempo: prima la mezcla desenfrenada, el consciente inclusivismo, la jerarquía de la intuición y el instinto en el acto de pintar, el espontaneísmo a lo Pollock y el dripping, pero los resultados jamás han de confundirse con el tirapiedras del francotirador o la anarquía del improvisado. Las obras revelan el credo abierto de un profesional que hasta inconscientemente observa las leyes más elementales de la composición visual, esas mismas que en todo caso trata de subvenir.

En fin, un saludable gesto por el eclectismo y la mutación – tremenda señal de vida -, una peculiar revisión de la historia del arte sin aspiraciones de repostularla y sí de villalobizarla en función de nuevos goces estéticos, la desfachatez en la apropiación libre de todo prejuicio, el placer del remedo, la originalidad de revitalizar una atávica verdad: nada hay totalmente nuevo bajo el sol. De manera que opera una dialéctica contradicción cuando el artista a diario necesita la novedad para dinamitar la rutina de la repetición, y al propio tiempo apela a un criterio de lo nuevo raigalmente acendrado en la herencia cultural de la humanidad, nada coincidente con aquel darwinismo lingüístico que impugnara Bonito Oliva. Por otro lado no creo que la manifiesta voluntad de cambio en el caso de Villalobo implique, como se sospecha, una furibunda negación del estilo; antes bien, sólo induce a aceptar que su sello radica justo en la pluralidad, en el estilo de lo múltiple reelaborado.

(…) Véase cuan oportuno deviene entonces Villalobo, aun cuando para seguir fiel a sí mismo mañana se levante cavilando que la propia pluralidad y hasta este texto que hoy se escribe son no más esas otras convenciones que en definitiva también habría que subvenir.

 

Rufo Caballero

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